¡Que difícil es trabajar! Los jefes, la organización del trabajo y un informe de seguimiento.

Siempre he pensado que no es duro trabajar, lo que es realmente duro es soportar las ‘inclemencias’ de los que te mandan.

Hace cuatro meses que me encomendaron una nueva tarea. Compleja, porque suponía un cambio drástico en los métodos y en la organización del grupo de trabajadores que está a mí cargo. Para colmo, la empresa que nos contrató, no está preparada  ni materialmente ni organizativamente para el cambio en el que se ha envuelto y en el que nos ha envuelto a nosotros.

El trabajo de mi equipo es de gran responsabilidad no solo porque supone el cambio que antes he comentado, sino también porque de salir bien, abre las puertas a nuevas colaboraciones.  La empresa para la que trabajo, al inicio de esta nueva andadura, se lo tomó muy en serio y me dijeron que contaría  con todo su apoyo por la responsabilidad y por el riesgo que entrañaba.

La realidad ha sido muy distinta. En estos cuatro meses, descontando algunas fugaces apariciones para preparar sesiones de reporting y seguimiento, mi equipo y yo, hemos estado solos.

Ni uno solo de los muchos directores que tiene mi empresa, se han personado para conocer, de primera mano, las dificultades que estábamos teniendo y en las que nos podían ayudar. Mientras que el trabajo fluía (con menor o mayor dificultad) todo eran alabanzas y poca ayuda.

Me enfrente a los lógicos problemas personales y organizativos que se dan en un equipo de veinte personas y con ayuda de mis propios compañeros fuimos intentando poner parches en uno u otro sentido a esperas de que nos ayudaran nuestros ‘mayores’. Muchos de los problemas que hemos padecido provenían de la propia dirección de nuestra empresa y otros muchos del cliente, pero seguíamos solos. O los resolvíamos o nos hundíamos y no están los tiempos para el hundimiento. En estos cuatro meses, casi todas las semanas hablaba con mi jefe directo para explicarle las dificultades que teníamos, pero solo obtenía una respuesta… tal o cual cosa  no puede ser… pero cero ayuda. La realidad es que las cosas son y no necesitaba palabras necesitaba ayuda que nunca recibí.

En lo personal fui asumiendo y asumiendo. Cuando uno está solo, corre el peligro de cometer errores obvios porque muchas veces los arboles no te permiten ver el bosque y algo sencillo visto desde fuera se te hace un mundo visto desde dentro. Para evitar estas cosas todas las empresas cuentan con una pirámide organizativa pero en la nuestra, la pirámide estaba ausente.

Llego el momento de presentar el primer informe de resultados. Unos sesudos consultores, habían preparado un formato de 50 páginas para rendir cuentas. Esas 50 páginas están plagadas de números a justificar al estilo de los tradicionales cuadros de mando.

Después de tres días preparando el informe, me di cuenta que a pesar de toda la información que fuimos reuniendo para justificar nuestro trabajo, no era suficiente. Me di cuenta que había ‘perdido’ mi tiempo en temas de organización del equipo y había descuidado el dichoso informe de resultados. ¿Y qué es el trabajo sin un buen informe? Nada. El trabajo no existe.

Confiada en la organización de mi empresa pensé erróneamente que al menos en ese momento tendría  ayuda. La ayuda no llego y me enfrente al tribunal del cliente como el que se enfrenta al pelotón de fusilamiento. 

Mi estado de ánimo no me acompañaba porque antes de empezar la ‘guerra’ ya había perdido. Soporte estoicamente todas las criticas. He de reconocer que fueron mucho menores que las que yo, ya me había hecho a mí misma.  Solo quería que esa reunión se terminara porque estaba convencida que finalmente mis responsables se darían cuenta que necesitaba ayuda y que me la darían. Cuanta equivocación junta!  Salí de la reunión apaleada y desmoralizada.

¿Y qué hicieron mis responsables? Se marcharon sin más.  Ni una sola palabra de aliento, ni un  ¿Que hacemos ahora…?nada, solo silencio.

Como un perro apaleado en busca de cariño, llame a mis responsables. ¿Por donde continuar, como seguir, como repetir ese informe del que todos esperaban tanto y que estaba tan mal hecho?

Desde fuera es fácil criticar y mucho más fácil es, decir a los demás que tienen que hacer sobre todo, si no se atiende a las dificultades que se tienen para hacerlo. Mis responsables hablaron y hablaron pero solo eran palabras, de hacer nadie decía nada y según pasaban las horas yo me encontraba más sola y más hundida.

Al día siguiente,  me enfrente a la corrección del informe, que más que informe, era el pico del Éverest, prácticamente inexpugnable. Mis suplicas en busca de  ayuda, surtieron efecto y recibí  la colaboración de un ayudante. No había trabajado con nosotros y por tanto no conocía la problemática de nuestro quehacer, pero si conocía las tripas de lo que se perseguía con esas 50 páginas.

Me habían dado dos días para rehacerlo y arranque la mañana con ganas de convertir el revés en victoria… Otra vez me equivoque. Esos dos días de plazo, no fueron para mejorar el informe, me tenía que ocupar de otras muchas cosas que también eran prioritarias y que no podían esperar.  Desgraciadamente 50 páginas son muy fáciles de criticar pero difíciles de hacer. En opinión de los que mandan, dos días eran más que suficientes para todo lo que tenía pendiente y para rehacer el informe… y si no eran suficientes, era solo un problema mío y de mi incapacidad.

Mi ayudante hizo lo que pudo, mientras yo me dedicaba a mil otros asuntos que me exigía el cliente.  Cuando faltaban 3 horas para que se cumpliera el plazo de entrega, llame nuevamente a mis responsables para decir que no podría entregar el informe a tiempo. Solo recibí como respuesta un único comentario… haz lo que quieras pero lo entregas! Que fáciles resultan esas palabras para los demás.

Me quede hasta las 12 de la noche, sola, trabajando y finalmente entregue el informe corregido.    No estaba contenta. Sabía que le faltaba mucho por corregir pero ya no podía exprimirme más la cabeza.  Lo mandé, cerré el ordenador y me marche.

 A la mañana siguiente recibí un correo de mis responsables, largo, muy largo, lleno de críticas. No había ni una sola frase de aliento y si muchas de desprecio al trabajo hecho. Con que facilidad criticamos el trabajo y los errores de los demás.

Ese segundo informe, nuevamente criticado, era el que tenía que revisar con el cliente esa mañana. Estaba perdida. Llamé para concertar la reunión y justo una hora antes de que empezáramos, por fin, se presentó mi jefe.

Como perro apaleado me fui a la reunión con el cliente. Mi jefe encabezaba la ‘expedición’ envestido  de cetro y corona del que  todo lo sabe.

Las varias horas de reunión, curiosamente, transcurrieron de forma apacible. Que distinto es el talante del cliente frente a mi jefe, que curioso resulta. Yo que trabajo allí todos los días me llevo todos los palos, mis jefes, las buenas formas y la comprensión. Imagino que el cliente pensará… pobre, ya tiene suficiente con el inepto que ha puesto a trabajar aquí, hay que entenderlo. Cuanta comprensión para unos y cuan poca para otros, pero en realidad los que trabajamos somos los otros, pero eso no importa.

Participe poco en la reunión, ya participaba mi jefe… pero lo poco que hablé, permitió que pasáramos de un incumplimiento a la justificación de que el trabajo, no solo había sido bueno, sino era superior al que se esperaba.

Con todos los acuerdos y todas las notas, nos quedamos, esta vez  los tres, mi jefe, el ayudante y yo, a corregir nuevamente el informe. Nos dieron  las 10 de la noche pasadas, cuando terminamos.

Me disponía a enviarlo al cliente cuando mi jefe me dice, solo me pones a mí en copia, ya me encargaré yo de distribuirlo a nuestros directores.

Entonces una ‘mala idea’ cruzo mi mente…. Mi jefe quería enviar el informe a nuestros directores por muchas razones, pero fundamentalmente para demostrar que su participación había sido vital en la obtención de esta tercera corrección que además mostraba unos resultados más que satisfactorios.

No negaré que la ayuda de mi jefe no fuera bienvenida, pero mi jefe no estuvo solo en la corrección del informe, ni mucho menos era el artífice de los buenos resultados.

Ahora que relato estos acontecimientos me sigo sintiendo sola y menospreciada. El lunes me enfrentaré al gran jurado del cliente y a pesar de que encontrarán errores nuevamente porque siempre algo tienen que decir, superaremos la prueba. Un nuevo éxito para la dirección de mi empresa y un culpable de tanto error, yo.

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