Mi amiga del alma

Era el mejor verano… el más largo, el más divertido, lo más. Terminada la enseñanza media, pasaba al preuniversitario y tenía muchos meses de verano por delante.

Como todos en esa época, tenía mi pandilla… mi novio, el gran amigo de mi novio (me gustaba mucho más pero nunca me hizo caso en el terreno sentimental) los dos hermanos recién llegado del amigo y otros muchos. 

Nuestra diversión era por la mañana la playa, por la noche alguna fiesta y los domingos por la tarde al cine. Era un ritual que se repetía sin aburrimiento cada fin de semana escolar y prácticamente a diario los meses de verano.

María y yo, nos hicimos grandes amigas. Desde el primer día fue para mí la hermana que nunca tuve. Nos complementábamos en todo y pasábamos mucho tiempo juntas. Su casa se convirtió en mi casa.

Entramos al bachillerato juntas, pero ella en un cuso superior. No obstante nos arreglábamos para seguir juntas. Estando con ella, conocí al gran amor que toda chica tiene a esa edad y ella al que más tarde se convirtió en su primer marido.

María, al terminar el bachillerato fue “reclutada” por el ministerio del interior, a fin de cuentas era hija de militar que ostentaba un alto cargo en el partido gobernante.

Cuando alguien es reclutado por el ministerio del interior, convierte su vida en un misterio. Se terminan las confidencias y hay temas de los que no se puede hablar ni se puede conocer. Pero esto no fue obstáculo para que siguiéramos siendo grandes amigas. Yo sabía lo que no podía preguntar.

Así las cosas fueron pasando los años. Ella se caso y tuvo dos hijas, yo me case y tuve a mi hijo. La vida nos separó pero en mi corazón ella seguía siendo mi hermana.   Es curioso porque nunca nos vimos cuando nuestros niños eran pequeños y mientras viví en Cuba.  Los compromisos  y la vida en general de cada una, nos distanciaron. Paso el tiempo yo ya no vivía en la isla, y regresé. Mi primer recuerdo, casi la primera llamada siempre fue para ella.

Solo nos veíamos una vez. La llamaba iba a su casa y compartía una tarde con su familia pero poco más. Sabía que no podía pedir más porque yo no solo era extranjera, vivía fuera de la isla y suponía que eso podía ser un problema para ella. A pesar de todo, cuando nos reencontrábamos, parecía que el tiempo no había pasado.   Nos contábamos de los niños, de sus progresos en los estudios, yo le enseñaba fotos de mi hijo y le contaba cosas de mí. Ella me contaba de sus hijas a las que ya conocí mayores y de que todo estaba bien, sin entrar en detalles.

 Me conformaba con esa breve visita y sabía que no podía pedir mucho más. Ella seguía trabajando en el Ministerio.

Regresé este año a la isla (habían pasado diez años desde mi última visita) y como siempre, como antes, llame a su casa. Esa primera llamada siempre está llena de incertidumbre… ¿estará bien la familia? ¿Su mamá que es mayor? ¿Sus hermanos? ¿Qué habrá sido de ella, sigue casada? ¿Y las niñas que ya son mayores? Descuelgan el teléfono…

… Diga…

  ¿sabe quién soy? –

   Pero muchacha… que alegría escucharte- La voz dulce de la madre y parece que el tiempo no ha pasado…

Me cuenta que todos están bien, que María está trabajando pero que le dará mi recado en cuanto llegue a casa… Me despido con la esperanza de que esa misma tarde hablaré con mi amiga y que cuando ella me diga, nos veremos. Tengo muchas ganas de abrazarla a ella, a sus hermanos, a todos.

Pasa el primer día sin noticias. Es mi primer día en La Habana y el no parar me deja poco tiempo para la preocupación, me digo, habrá llegado tarde y no se habrá animado a llamarme a esa hora. Pasan tres días más y nada. Vuelvo a llamar a la madre y en esa ocasión noto la desazón del que no quiere o no puede explicarse.  Me cuenta que María trabaja mucho y que no ha podido hablar con ella para decirle de mi llegada… ¿Quién se puede creer semejante excusa?     Y comprendo que ya no hay nada que hacer, por algún motivo que desconozco, mi amiga María, mi amiga del alma, no quiere o no puede hablar conmigo y no insisto. Me siento triste, me siento frustrada, no comprendo…

Pasan los días y nos vamos un grupo, a ver a los Kent en directo… cuantos recuerdos…

Estando en la pista se me acerca un señor que no reconozco y me pide que baile con él… No tengo muchas ganas pero el hombre insiste. Por fin lo miro, lo reconozco… es el hermano mayor de María, nos abrazamos dejando a mis amigas estupefactas ¿Quién es ese hombre del que ellas no saben nada? Les explico y nos marchamos a un rincón para poder hablar con tranquilidad. Nos besamos, nos tocamos, nos reconocemos… han pasado tantos años… Le pregunto por María.

– Ella no te llamará, ¡no quiere! –  Me cuenta él con tristeza.

– Ha cambiado mucho. Esta muy bien pero ocupa un muy alto puesto en el gobierno y ya sabes… –

La música y el ruido no nos dejan hablar con tranquilidad y quedamos en vernos otro día, en otro lugar.

 Ya te contaré con calma lo que pasa, no te preocupes. –

 ¿Estás seguro que no te perjudica hablar conmigo?- la paranoia de las prohibiciones comunistas  

 No me importa nada de eso, yo hablo contigo y punto –

 ¿Estás seguro? Mira que no quiero que tengas problemas por mi culpa y tu familia tampoco…

 Que no te preocupes, ya hablaremos-

Nos despedimos cariñosamente pero algo por dentro me dice que no nos volveremos a ver… es un presentimiento que no me abandona.

Pasan los días y no recibo la esperada llamada. Me digo, se lo ha pensado mejor o alguien le ha hecho ver lo poco recomendable que le puede resultar la entrevista con una “extranjera” como yo.  

Llegan los días de las despedidas y visito la casa de un amigo común. A pesar de haberlo pasado tan bien en la isla, un regusto amargo queda flotando. Le cuento lo que me ha pasado y se sonríe…

No me extraña nada – me responde

 ¿Pero sabes quién es ella ahora? –

  No tengo idea –

Menciona un alto cargo, altísimo diría yo, que no soy capaz de recordar.

 Pero sabes lo mejor de todo? Me sigue contando mi amigo..

  Su hija mayor está casada con un español y vive en España, su otra hija pasa mucho tiempo allí también, casualmente ahora están las dos en Madrid… –

  ¿En Madrid? Pregunto asombrada –entonces por qué no ha querido verme? –

  No le interesa tu amistad

  ¿Pero qué diferencia hay? Ella me conoce, sabe como pienso y como actúo…

  No insistas, no le interesas… puede que no quiera dar explicaciones. Una cosa es el marido de su hija y otra muy distinta eres tu

  Pero si éramos grandes amigas, nos conocemos de jovencitas, ella conoce a mi familia… siempre hemos estado juntas…

Mi amigo no tiene explicaciones para mí… Me marcho de su casa con las preguntas taladrándome la cabeza… ¿por qué?

La doble moral… esa que habita en la isla, esa que lo empaña todo. Mi hija puede estar casada con un español pero yo no tengo contactos con los españoles. Como, vivo y disfruto de mi familiar español y de las prebendas que eso puede darme,  pero no tengo contacto con los españoles. El marido de mi hija es un español, pero distinto. Yo soy distinta, mi hija es distinta… somos inmunes al capital y a las influencias capitalistas… somos superiores, somos comunistas.

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