La Habana enrejada.

He estado lejos de mi blog. Unos días de vacaciones primero y el retorno a la cruda realidad del trabajo, me alejaron.

El verano no es para escribir, mejor es disfrutarlo y en esta ocasión lo he podido hacer. Después de diez  años, alejada de mi isla bonita, pude regresar.   Puede parecer una vida de lejanías, pero yo regresaba a mi ‘casa’ y de una primera impresión, parecía que nada había cambiado.

Estaban mis amigos, familia allí no tengo, estaban las calles, las casas, los olores, los colores hasta la suciedad de las paredes, todo seguía en su sitio como en  el tiempo detenido… pero era una falsa impresión.

Mis amigos, en su gran mayoría, eran turistas accidentales en su propia tierra, como yo. Mi casa ya no era mi casa. Las calles no eran las calles de La Habana que caminé, algunas remodeladas por nuevos edificios y otras bombardeadas por el tiempo y la falta de mantenimiento.  Los olores y colores también eran diferentes.    

En realidad la ciudad no ha cambiado mucho, la que ha cambiado mucho soy yo. Por primera vez después de veinticinco años, me sentí extranjera en un país que siempre he considerado mío.  Las gentes, la manera de hablar, hasta los chistes me resultaban extraños.

Mi viaje tenía varios propósitos pero el fundamental siempre fue el del reencuentro con mis recuerdos. Armada de mi cámara de fotos pretendía fotografiar mis recuerdos, pero ellos solo viven en mi cabeza.  No logré encontrar ni una sola de las imágenes que guardaba.  Con muchísima ilusión fui a visitar el apartamento donde nació mi hijo. Cual no fue mi sorpresa que no pude entrar ni al recibidor del edificio, ahora está enjaulado, rodeado por  una gran cerca desde la acera. Eso mismo pasó con el segundo apartamento…  Me parecía extraño, desconocido…     En la acera donde jugó mi hijo, ningún niño, solo una gran cerca verde y muchos agujeros en la calle envueltos en un gran silencio. Grande y extraño.  Me invadió una extraña sensación de soledad y temor. Cuán lejos estamos los unos de los otros separados por una cerca.  Aquella ya no era ‘mi casa’ ni mis recuerdos.

Pasé por todas las calles que me traían recuerdos de ti. Te busque en cada rincón que un día caminamos juntos, pero como tú, no eran reales. Nada era igual. El tiempo lo ha borrado todo.

Y ahora que me siento a escribir, tengo la impresión que nada de lo nuestro ha ocurrido, que todo ha sido producto de mi imaginación.  El tiempo deshizo nuestro amor y los recuerdos que lo envolvieron. En mi interior siempre supe que no te vería más, así como sé ahora, que tampoco existe la ciudad que me vio quererte.   Mis últimas fotos están hechas en el portal de tu casa, que por suerte no está enrejada. Me asomé desde la acera a la ventana de tu cuarto, que su nuevo inquilino tenía abierta de par en par. Que distintas esas ventanas… recordé la penumbra de tu habitación, tu cama, la mesita de noche y sobre todo tú y supe que ya no estabas, era imposible recordarte con el sol entrando por esas ventanas.

Cuando al avión que me traía de regreso emprendió el vuelo, me despedí de ti, de mis recuerdos y de mi isla.   Si alguna vez regreso, ya sabré que ni siquiera mis sueños habitan en esa isla bonita, bonita y ahora extrañamente enrejada.

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