Los Zares modernos.

(Imagen: http://www.tusquetseditores.com/ ;  http://www.russiangold.com.ar )

Las cosas que tiene la vida…  Conozco a  un conocido-desconocido que vive en Miami y que me recomendó los libros del escritor cubano Leonardo Padura… Me dijo que escribía novelas policiacas.

No sin cierto escepticismo, no me encaja un cubano escribiendo cuentos policiacos, lo busque en la página de descargas de  mi e-book. Para mi sorpresa, estaba la colección completa de policiacos y algún libro más. Me los descargue y comencé a leer el primero, ‘Pasado Perfecto’.

Fue una grata sorpresa, porque no solo escribía bien, es que además escribía de un tiempo que habíamos compartido y que me era familiar en todos y cada uno de los detalles.  La crítica de los lectores, que figuraba en la página de descargas, era favorable y a ella me uní yo con mis cortos comentarios.

Cuando finalizaba el cuarto, el que más me ha gustado (Paisaje de Otoño), encontré una referencia a un libro diferente, ‘El hombre que amaba a los perros’. Busque la sinopsis y nuevamente me sorprendió; un cubano escribiendo sobre la vida de Trotsky y de su asesino.

La experiencia vital suele ser curiosa… por circunstancias, yo conocí al viejo Ramón Mercader, lo conocí cuando su vida se estaba apagando pero una vez que supe quien era (me lo contó mi madre) me fijé más en el. Por primera y única vez (que yo sepa) tenía a un asesino delante de mí.  Aquel viejito (grandote pero machacado por la enfermedad porque se le notaba) había sido en su día un verdugo despiadado…

Nunca cruce ni una sola palabra con él más que un saludo cortes, pero sus ojos me hacían soñar, pensar y razonar… Sus ojos eran cansados, diría que tristes, indicaban estar de vuelta de todo.    Siempre me dio la impresión de que padecía además de una gran soledad, pero ya aclaro que todo esto era producto de mi juvenil imaginación porque a ciencia cierta nunca lo supe. Era curioso para mi compartir un espació con alguien que formaba parte de la historia.

Conocí a su hijo, a ese que también menciona Padura en su novela, y que decía llamarse Arturo. Su sueño era ser capitán de Marina Mercante y para mí era el prototipo de un espía joven, criado en la antigua Unión Soviética y del que poco o casi nada se podía saber…  Un día desapareció y nunca más supe de él, pero me quede con el recuerdo de un joven guapísimo, que hablaba un castellano perfecto y que estaba convencida que también hablaba con la misma perfección el ruso, porque era un chico de la KGB…  

Recuerdo a esos dos galgos rusos, preciosos y raros que habían trabajado en una película que nunca vi, ni de la que siquiera supe el titulo… Solían pasearlos por la quinta  avenida y eran la admiración de todo el que pasaba y los veía. Un día se lo conté a mi madre y me dijo que eran los perros preferidos de los Zares y recuerdo que pensé que su dueño sería un Zar moderno, pero Zar al fin, para tener, en Cuba, unos perros como esos.  

Han pasado muchos años desde aquello y ahora que estoy leyendo el libro de Padura, he recordado algunos episodios de mi juventud. Obviando que los personajes, unos conocidos y otros históricos, están bien descritos, me llama la atención que ese libro se publicara en Cuba.  La historia que narra es tan parecida a cosas que he vivido, que cualquiera con un poco de sentido crítico, podría llegar a la convicción que en Cuba no se ha inventado nada… que no hay ley, medida, ni actitud política que nos sea copia fiel de las implantadas por el antecesor y criminal Stalin. Las semejanzas son tantas, que no ha lugar a la casualidad.

Leer el libro de Padura es mucho más que leer una novela histórica. Es comprender que ha pasado, por qué ha pasado y que está por venir.    Y siempre que hago un recuento mental de los acontecimientos narrados, doy gracias porque el clima de Cuba nada tenga que ver con el clima de Siberia, solo ese particular geográfico, por mencionar alguno, ha evitado innumerables muertes.

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