Muñeco de nieve

( Imagen: http://www.sxc.hu/photo/1321257 )

Cuando era pequeña me encantaba hacer muñecos de nieve. Si te levantabas temprano, después de una gran nevada, salías al patio, el manto blanco estaba impoluto, entonces era una gozada hacer el muñeco.

Empezabas por moldear una pequeña bola entre las manos, apretada, para que sirviera de guía y luego la ponías a rodar por la blanca nieve para que fuera creciendo. Mientras tu bola crecía dejabas surcos en la nieve cada vez más grandes por los que ya no podías pasar otra vez.

Una inmensa pelota para la parte del cuerpo, una más pequeña, pero todo lo grande que tus brazos fueran capaces de aupar, para colocarla encima de la otra. Luego los ojos, la boca y la nariz y finalmente una bufanda que casi siempre traía para el adorno final.  El muñeco quedaba perfecto, grande, blanco y sonriente.

Cuando te tocaba marchar, porque tus padres te esperaban, daba tristeza separarse de ese nuevo amigo sonriente. Al pasar los días, su blanca tez se volvía gris, partes de su redondeado cuerpo se habían perdido y de su sonrisa quedaba poco.

Así es la vida… Nacemos perfectos inmaculados y el paso del tiempo nos va transformando. Nuestro cuerpo pierde su elasticidad y tiende a la caída inexorablemente. La sonrisa  se relaja en las comisuras, pareciéndose cada vez más a la tristeza.  Pero los deterioros  exteriores no son nada comparados con las heridas del alma. Las despedidas, las mentiras, sinsabores y extraños acontecimientos, siembran en el corazón el hábito de la tristeza y la desesperanza.

Cuando todo esto ocurre, uno recuerda los muchos días desperdiciados, las cosas no hechas, las heridas infringidas sin querer pero que nunca fueron disculpadas… y lamenta el tiempo desperdiciado. Lo malo es que ya no hay vuelta atrás, lo pasado, pasado está.

Deberíamos nacer justo al revés. Nacer con los años que nos ha tocado vivir y en vez de cumplir años, descontarlos. Deberíamos llegar a la edad de la ‘inocencia’ con todo sabido. Alguien me dirá que entonces no será la edad de la inocencia, pero yo creo que sí. Ser inocente desde el conocimiento, también es posible.  

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