¿De donde eres?

En un programa que  vi por Internet, entrevistaban a una chica cubana que se había criado en España, concretamente en Madrid y decía que uno es, de donde estudió el Bachillerato y creo que tiene toda la razón.

Esta, nacida cubana, se sentía Madrileña de pura cepa, porque todas sus vivencias esenciales correspondían a la ciudad que la acogió de pequeña. Yo comparto su sentimientos pero justo a la inversa. No es que naciera en Madrid pero si nací en el ceno de una familia española que lo único que deseó siempre, fue regresar a su tierra. En cambio yo, siempre quise seguir viviendo en la tierra de mi juventud.

En mi casa y con mis padres que mandaban mucho en la época en la que era joven, solo había un plan; regresar. Las maletas siempre estuvieron presentes en los mejores acontecimientos.

Para que hacer tal o cual cosa, si al final nos marcharemos para España?  No había plan, ni proyecto vital, que no estuviera ‘minado’ por el regreso y aderezado por unas maletas… Todo era efímero y transitorio.   Así viví una parte esencial de mi existencia y así aprendí a no hacer planes para el futuro, porque esos eran siempre inciertos. A fin de cuenta tenía que regresar a un país en el que no había vivido nunca y que tampoco conocía pero al que tenía que ‘volver’.

Cuando mi hijo cumplió los 6 años tomé una gran decisión por dos motivos importantes. El primero fue, que no quería que viviera en un país carente de las más elementales libertades (pensar por uno mismo,  elegir por uno mismo, labrarse un futuro por si mismo…) y el segundo, pero no menos importante, fue que no viviría anclado a unas maletas que condicionaran todo lo que tuviera o quisiera hacer. Y ‘regrese’.

En realidad no regresaba. Llegaba a un país desconocido lleno de personas desconocidas en el que por no tener, ni familia tenía. Empecé de cero. Limpie mi cabeza de ideas implantadas. Tenía que aprender a valerme por mi misma y nadie ni nada me dirían como tenía que hacerlo.

Reconozco que fue duro. Quien piense que emigrar es algo placentero está equivocado. Atrás dejas tus vivencias, tus amigos, hasta tu forma de pensar, para encontrarte con un mundo lleno de posibilidades y con una soledad, que en esos primeros momentos, duele hasta taladrarte el alma.

Tenía que buscar trabajo pero ni idea de cómo hacerlo. Ni siquiera sabía que en los dominicales aparecían miles de ofertas de empleo cada semana, hasta que un alma caritativa me lo explico. Por no saber no sabía ni abrirme una cuenta en un banco, ni utilizar un cajero automático, ni ninguna de las cosas elementales que hoy parecen insertadas en nuestro ADN.

Como costaba despojarse de lo que te habían inculcado por años. La idea del individualismo, el saber hablar de uno mismo, el hacer meritorio el trabajo individual ¿Cómo hacer eso si siempre te habían inculcado que uno solo vale como colectivo? La autocrítica, como valor preponderante, lastraba cualquier propósito de demostración de uno mismo.  

Mi suerte, la suerte del que a pesar de todo, es capaz de pensar y luchar por un propósito o idea, fue que logré superar todos mis miedos y enfrente la nueva vida. Además tenía un gran motor, mi gran causa… Mi hijo.

Ahora cuando todo está asentado, pienso en esos primeros años con cierta nostalgia porque ahora tengo tiempo para hacerme otras preguntas ¿Quién soy? ¿De dónde soy? En aquellos primeros años no tenía tiempo, no me podía dar ese lujo. Y llegados a este punto sigo pensando que efectivamente soy de aquel pequeño país que tira de mis entrañas. Soy de aquel país que me dio los mejor años de mi vida. Soy del país en el que fui tan feliz.

Siempre seré una inmigrante y lo único bueno que he sacado de todo esto es que por fin se ha roto la cadena de los emigrantes en mi familia, mi hijo es español. Pero no solo porque lo dicen sus papeles, es español de corazón, de sentimientos y de Bachillerato.

 

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