Los Reyes Magos sin visado de entrada

(Imagen: Internet)

Siempre me han gustado las sorpresas, los regalos y los juguetes. En mis  primeros siete años, vivimos en un país que celebraba la Nochevieja y con la última campanada se entregaban los regalos. En esa época mis padres se juntaban con sus amigos y debajo de un gran pino autentico y muy adornado, siempre había regalos para mí.  Recuerdo esos años con especial cariño y todavía hoy, el olor a pino me devuelve ese recuerdo.

Años más tarde y viviendo en el Caribe la cosa cambió. Había limitaciones para todos, incluidos los niños. En esa época y solo una vez al año, las tiendas se llenaban de juguetes y todos esperábamos el 6 de enero como la fecha mágica en la que por fin y después de un largo año, nos traería los regalos más deseados.

En las limitaciones del país y con el fin de que cada niño pudiera tener su regalo, el gobierno limitaba el número de juguetes a comprar, así para cada niño había un máximo de tres juguetes divididos en categorías. El juguete mejor, el más caro, era el ‘básico’ y después había dos ‘opcionales’ de menor cuantía.  Tampoco era fácil conseguir el juguete deseado y por eso tres o cuatro días antes de que se pusieran a la venta, había que hacer una larga cola de horas y horas.  Los primeros años de ese reparto no los recuerdo porque era muy pequeña pero los últimos (había una edad límite a partir de la cual ya no te tocaban juguetes)  los recuerdo y muy bien.

Los juguetes no se exponían con antelación y por eso los niños no podíamos escoger. Dormían en el almacén hasta el día en el que se ponían a la venta.

Mi padre trabajaba lejos y nunca estaba por esas fechas en casa y mi madre, por su trabajo, rara vez podía dedicarse a hacer esa cola interminable para comprar los juguetes. No me quedaba otra que convencer a la vecina que me llevara con ella y la cola, la hacía yo. Cuando por fin me tocaba entrar, la emoción me atenazaba por unos cuantos minutos y solo podía mirar a los cuatro costados de la tienda, disfrutando de esas fantásticas cajas brillantes llenas de color, que guardaban el preciado tesoro.

Había que elegir con rapidez. Algunos juguetes se terminaban pronto y que todos querían, por eso lo primero era agarrar con fuerza la caja del ‘básico’ para tener asegurado el ‘gran regalo’. Luego entre los opcionales, se podía elegir más. Juegos de mesa (más o menos corrientes) pistolitas de agua, bolsa con bolas de cristal y pequeños cochecitos…   Una vez que se había seleccionado el juguete básico, y sujetándolo entre las manos, miraba a mi alrededor por si había algo mejor que no había descubierto.

Cuando finalmente salías de la tienda, después de pagar los juguetes, me embriagaba una laxitud, producto de la tensión vivida, pero feliz con mis tesoros.

Al llegar a la casa mi vecina subía conmigo, porque los juguetes de sus hijos se escondían en mi casa para que ellos no los vieran hasta el mágico 6 de Enero. Por mi parte, y cuando ya estaba a solas, desenvolvía mis regalos para verlos en detalle. Luego con mucho cuidado, los metía nuevamente en sus cajas y los escondía también. No sería yo, la única que me quedara sin ‘sorpresa’ el día de los Reyes.

El 6 de Enero, como todos los niños, me levantaba temprano. Buscaba los regalos que yo misma había escondido y ponía mi mejor cara de sorpresa al desenvolverlos. En realidad la que se sorprendía con los regalos era mi madre, que hasta ese día no los había visto. Luego el ritual continuaba enseñando tus tesoros al resto de niños.

Recuerdo el relato de cada niño en su encuentro con los regalos, la preferencia de uno u otro Rey Mago, las historias de chimeneas y la sempiterna pregunta ¿Por dónde habían entrado? ¿Cómo podían, en una noche, repartirles regalos a todos los niños del mundo? Recuerdo los ojos ilusionados de los más pequeños, mientras yo guardaba con gran celo el secreto; no era plan destruir la ilusión de otros. Luego, el resto del día, entre risas jugando y jugando.

Hoy 6 de Enero, cuando escribo esto, pienso en los miles de niños que se han levantado con la ilusión a flor de piel en busca de sus regalos, pero también en aquellos que  nunca han tenido una sorpresa ni un juguete…  Estos últimos sí que son muy poco afortunados; ni regalos ni ilusión.  

En días como hoy aprecio más las injusticias de este mundo desigual. Hoy muchos de los niños que viven en aquel país del Caribe, ni siquiera serán consientes de que están viviendo el día mágico de la infancia. Sus padres no habrán podido esconder un regalo para ellos, porque nada hay que esconder en el país de la nada.

Finalmente, los Reyes Magos no han pasado por aquel país del Caribe, porque entre otras muchas cosas, no contaban con el visado de entrada.

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