El Saquito del Ego

(Imagen: http://www.sxc.hu/photo/1241737)

Regresó como regresa el turrón por Navidad.  Regresó el día de la lotería o mejor, el día de la salud, que es el consuelo que nos queda a todos a los que no nos ha tocado el “Gordo” que nos decimos; “Al menos Tenemos Salud”

Regresó con un simple correo, pero me dejo estupefacta porque ya no me quedaba ni la menor esperanza de volver a saber de él.

En ese simple correo, el del regreso, me decía que había pasado unos días muy duros, sin ganas de hablar ni escribir. Pero esos días, en realidad, fueron muchos meses sin noticias.

Mi primer impulso fue responderle, a fin de cuentas yo me seguía acordando de él y a ciertas edades me parece un absurdo total dejar de hablarse con alguien, máxime sin saber por qué.

Por puro instinto de conservación, mi correo de respuesta si bien era cariñoso, mantenía la distancia del que no quiere pecar otra vez.  Me quede esperando su respuesta que llego al día siguiente.  Ese segundo, con algunos detalles de lo ocurrido en todos estos meses, pero sin una explicación del porque a tanto silencio.

Decir que no me alegré sería mentir, pero el cerebro, que es independiente, siguió pensando y tras varios correos de ida y vuelta, he pensando que el regreso solo se debe a que el saquito del ego se había acabado y necesitaba más. No hay como recibir cariño y buenas palabras para aumentar el ego de un hombre. No hay como saber que a pesar de los años transcurridos, una mujer sigue suspirando por nuestros huesos.  En el fondo el egoísmo masculino es así.

Sin una mejor explicación, cuando desapareció pensé que se debía a sus miedos. Miedo a no saber controlar la situación, miedo a mi vehemencia, miedo a que su mujer se enterara y a perder el sofá de la comodidad de tantos años. Transcurridos unos meses y distanciado de mi, ha supuesto que todo estaba en su lugar y que ahora sabría controlar la situación y que recuperar el ego perdido no estaría de más.

Por otra parte pienso, que a fin de cuentas, ya no soy la persona que guardó en su memoria. Tampoco él lo es. El recuerdo que tiene de mí, en poco debe parecerse a la persona que soy ahora. Han pasado más de treinta años y en tantos, se cambia mucho. Puede que yo sea su buen propósito de Navidad… pueden ser tantas cosas…

El caso es que no se cuales han sido sus motivos, pero si sé que he cambiado. Por una parte me alegra que regresara pero sé que nada será igual que antes. El fue para mí, el mejor recuerdo y cuando nos separamos, toda esa idolatría que sentí un día se fue. Sé que no sabré disimularlo por más cariñosas que sean mis cartas. Sé que se dará cuenta y que al final volveré a ser la culpable de que la relación no progrese.  Seguro que pensará que ya no soy la misma y tendrá razón.

A ciertas edades somos mucho menos tolerantes pero sobre todo, somos mucho menos ingenuos.

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