Los pilares rotos

Se despertó  sobresaltada. No entendía lo que estaba pasando. Le llegaba el ruido del salón de voces y de discusión. Saltó de la cama y salió. La puerta de la casa estaba abierta. La voz de su padre le taladró los oídos.  -Puta… eres una puta… – le gritaba a su mujer.

Salió al rellano de la escalera, paso como pudo entre el padre y el pasamano y se colocó delante de su madre que lloraba.

– Papá no por favor… no le digas esas cosas a mamá… –

Su madre parecía un ovillo que solo lloraba. Era incapaz de pronunciar palabra… Se parapetó detrás de la niña buscando  refugio. En ese momento no era capaz de pensar, ni valorar, su único objetivo era que todo eso parara.

Ella miró a la planta baja en la que un grupo de vecinos se agolpaba sin moverse.  Pensó ¿Por qué no hacen nada? Pero los gritos de insulto seguían. Algunas voces de la planta baja intentaban calmar al padre sin conseguirlo, pero no se movían.

No duró mucho, pero aquella discusión le pareció una eternidad. Finalmente el hombre se tranquilizó y entro a su casa dando un portazo a la puerta de la habitación que compartía el matrimonio.

Poco a poco, contando los segundos fue subiendo escalón a escalón… cuando se convenció que dentro de la casa había silencio, animo a su madre a que subiera.

– Cierra con pestillo la puerta del baño- le dijo la madre antes de subir. El baño separaba ambas habitaciones. Las dos se encerraron en el cuarto de la niña, pero no pudieron dormir. Los minutos pasaban lentos, sentadas en la cama, una al lado de la otra, abrazadas, miraban por la ventana esperando el alba como si la luz de la mañana fuera el manto protector que las pusiera a salvo.

Nadie las ayudó. Ningún amigo vino en su rescate. Estaban solas. El silencio de la noche interrumpido solo por  los ronquidos del maltratador, era sinónimo de no más agresión, al menos, por esa noche. Ella intentaba tranquilizar a su madre mientras repasaba los daños… Una sombra violácea envolvía ambos ojos y la hinchazón de parte de la cara, se hacía presente.

Por la mañana muy temprano ayudó a su madre a vestirse. Todo aquello la superaba. No era la primera vez pero si la más violenta. Unos meses antes también vio señales en el rostro de su madre. Para tranquilizarla le dijeron que se había tropezado, pero en el fondo de su corazón, ella sabía que algo no marchaba bien.

Valorando la situación y acostumbrada al carácter fuerte de su padre, le extraño mucho más la ausencia de ayuda de los vecinos, amigos de la familia. ¿Y si ella no se hubiera despertado? ¿Y si su padre no se hubiera tranquilizado? Aquellas reflexiones la torturaban, pensando que afortunadamente la cosa no pasó a mayores, pero se sentía la persona más sola de este mundo, más sola y más desdichada.

¿Qué será de nosotros ahora? Se preguntaba cuando cerraron la puerta detrás de sí. Llegaron a la avenida y se montaron en un taxi que las llevo a casa de una amiga de la madre, que las recibió con los brazos abiertos.

Nunca más hablaron de lo que había pasado, ni de los porqués.    Con su mentalidad de niña de doce años, se dio las explicaciones que pudo y que supo. Vivió con ese secreto que nunca contó a ningún amigo. Pero ese acontecimiento marco en mucho su vida.

La violencia en el seno de la familia es una atrocidad pero si se ejerce delante de los hijos lo es mucho más. La confianza se pierde y el niño queda marcado de por vida. El padre deja de ser padre para convertirse en un monstruo extraño, ajeno. La madre, muestra su debilidad y su cobardía…  Los pilares del  niño se rompen en mil pedazos.

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