Fuera Trenzas (Historias del pasado III)

 

El hotel Rosita de Hornedo era un hotel residencial. Apartamentos con salón-comedor, cocina americana, balcón y dos o tres habitaciones con vistas a la avenida primera o al mar, resultaba muy acogedor.

La familia se hospedaba en un apartamento de dos habitaciones con vistas a la avenida, pero a ella eso no le importaba… en la planta baja habían dos piscinas y al fondo unos columpios… eso si que merecía la pena.

Los habían invitado a subir al último piso a la que fue la residencia de los Hornedo. Ella miraba con asombro el lujo que la rodeaba mientras sus padres repasaban el álbum de fotos de la boda con los telegramas de felicitación en las que no faltaba la de Batista, el penúltimo dictador de la isla.

Salió corriendo a la habitación y se detuvo frente a la cama, inmensa, que estaba tal y como la dejaron sus dueños…   Antes de conseguir saltar sobre el colchón, su madre desde la salita le dijo – no se te ocurra-  Ella se aburría en ese mundo de mayores…

Al día siguiente de llegar y desde primeras horas de la mañana, convenció a su madre para que la dejara ir a la piscina. No tenía bañador, no sabía nadar pero se metió en el agua sujetándose al bordillo. Su madre preocupada le decía

–          No te sueltes , que no das pie –

Para ella era su primera vez y le parecía algo mágico. Sumergida hasta el cuello  en el agua, disfrutaba de una libertad que no había sentido nunca. De estar constreñida en  tanta ropa invernal, había pasado a la liberación de la desnudez solo cubierta por unas pequeñas braguitas. Intentaba mantenerse a flote a pesar de que sus dos largas trenzas ya mojadas hacían de contrapeso y le inclinaban la cabeza hacia atrás…

Cuando su madre logró sacarla del agua, su piel estaba arrugada como una pasita… a pesar del calor, tiritaba y sus labios estaban algo amoratados por el frio de estar metida horas en el agua. La seco con una de las toallas del hotel y le dijo que por ese día, ya era suficiente.  Subieron a la habitación y entre gritos de

–          Me haces daño – cuando la madre intentaba desenredarle su negro y largo pelo…

termino por vestirse y bajo al lobby del hotel.

Las lágrimas de cristal de las lámparas chisporroteaban con su luz, como si le hicieran guiños. Se acerco y miro a su alrededor para cerciorarse de que nadie la miraba y alargo la mano para moverlas. Las lagrimas chocaron entre sí produciendo ese sonido tan característico del cristal… desengancho dos lagrimas sujetándolas fuertemente entre los dedos y salió corriendo sin mirar atrás.

Cruzaba el salón comedor en dirección a la cafetería. En su puño, como el más valioso de los tesoros, dos lagrimas de cristal escondidas. 

 Esto del idioma es complicado, pensaba. Entendía cuando le hablaban despacio, pero no era capaz de hablar. En ese momento pensó que todo consistía en un problema de voluntad y energía. Si se prestaba atención a las palabras, si se hacía con energía,  sería capaz de entender todo lo que le decían y podría hacerse entender… no era tan complicado… Repaso mentalmente la colección de palabras que ya sabía…

Siempre le intrigaron las palabras… ¿Por qué casa se llamaba casa? ¿Por qué la silla se llamaba silla? ¿Por qué esos nombres y no otros? Esas dudas la persiguieron durante años y nunca encontró una respuesta a sus preguntas.

Entró en la cafetería y se sentó en la barra.  Es curioso, con que rapidez los niños se adaptan a un nuevo entorno.  Le gustaban esas sillas redondas  giratorias de la barra y siempre daba un par de vueltas antes de que se acercara la camarera. Sus padres ya le habían enseñado en la carta donde estaba escrito lo que le gustaba y lo señalo con el dedo.

–          Perrito caliente y coca cola, le preguntó la camarera y ella afirmo con la cabeza

Estaban hospedados en aquel hotel en calidad del ‘todo incluido’ y era casi un juego entrar y salir de la cafetería para pedir un refresco sin necesidad de pagar… los camareros lo sabían pero no les gustaba… esas familias tan extrañas no dejaban ni siquiera una propina. ¿Pero como hacerlo? Si ninguno de ellos tenía un céntimo.

Al día siguiente por la mañana se repitió el ritual de la piscina y una vez duchada y vestida, su madre la sujeta por el brazo y le dice vamos. Bajan al lobby del hotel y cruzan las puertas principales torciendo a la derecha. Caminan por un pasillo reluciente en el que se reflejan…

–          A donde vamos, pregunta ella a su madre-

–          Ya lo verás –

Entran a un salón y las recibe un señor con una bata blanca corta… Ella que siempre le había tenido miedo a los médicos, se asusta…

–          Es un hospital? Pregunta asustada.

–          Que no, no te asustes-

La llevan dentro y su madre la acompaña… la sientan en una gran silla que también gira y ve delante de ella un gran espejo.

El peluquero pregunta a la madre

–          Esta usted segura que quiere cortarle las trenzas?

–          Si. Y quiero que se lo corte lo más posible –

Cuando por fin ella entiende que va a pasar, llora desconsoladamente.

–          No me cortes las trenzas- esas trenzas la habían acompañado siempre. Desde que tenía uso de razón, colgaban a su espalda… eran como su manto protector.

–          La piscina o las trenzas- le responde la madre

Ella medita un instante y responde con convicción

–          La piscina –

–          Pues adelante-

El peluquero acerca las tijeras y en un tris el pelo trenzado ya no está.  Una sensación de ligereza se apodera de su cabeza y el aire fresco le acaricia el cuello… mueve la cabeza en un sentido y el otro como sacudiéndose. El peluquero, Héctor, le pregunta a la madre

-¿las quiere? ¿Me las vende? –

La madre lo mira asombrada y le responde que se puede quedar con ellas.  Héctor incrédulo insiste.

–          Señora, este pelo cuesta mucho dinero, de verdad que no lo quiere?

–          No se preocupe, no lo quiero. Si se quiere quedar con el pelo se lo regalo

Terminan de cortarle el pelo. Su pelo liso es indómito pero Héctor se lo deja arreglado.

Salen de la peluquería dando las gracias pero sin pagar y cuando han dado dos pasos su peinado ha desaparecido y su cabello liso pero ahora corto, cae de manera desordenada tapándole los ojos.

Suben a su apartamento. La madre le ha comprado una cinta elástica y se la coloca para retirarle el pelo de la cara. Ella entra en su habitación para mirarse en el espejo. Revuelve en los cajones de su cómoda y saca su pequeño tesoro; las dos lagrimas de cristal. Estira los dos ganchos que un día las sujetaron a la lámpara y se las coloca por encima de las orejas… Las niñas de su país no tienen perforados los lóbulos de las orejas pero a ella siempre le han gustado los pendientes.

Se mira complacida. Su pelo, ahora muy corto, está adornado por dos lagrimas de cristal… el resultado le gusta.  Se las quita…

–          Mamá, bajo a la piscina- y sale corriendo

Muchos años después, en la peluquería en la que Héctor sigue trabajando, están en una charla animada recordando cosas del pasado.   Héctor se toca la coronilla y le dice

– te acuerdas?

– de qué le pregunta ella-

–          Son tus trenzas-  Con ellas me hice el bisoñé que todavía hoy llevo.

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