“Nuevo nombre, Nueva identidad” (Historias del pasado II)

Habían aterrizado en el aeropuerto de La Habana Cuba y después de tantas horas de vuelo, lo único que querían era salir de allí. Cuando se abrió la puerta un calor húmedo y un olor dulzón penetro y lo envolvió todo.  Se acerco la escalerilla y finalmente les permitieron bajar.

Su madre había sido precavida y en la bolsa de mano traía un vestido de verano y unas sandalias para ella. Del noviembre ruso al noviembre cubano hay muchos grados de diferencia.

Los esperaba una flotilla de coches (americanos, de la época) para trasladarlos al hotel. Ella sentada en la ventanilla observaba perpleja la ciudad. Fueron pasando por grandes avenidas llenas de árboles majestosos.  El más bonito, cubierto de flores rojas… hasta ese momento nunca había visto un árbol lleno de flores..

A la par de observar la nueva ciudad, iba intentando recordar su nuevo nombre… se lo repetía una y otra vez para fijarlo en la memoria.

Como parte del secretismo de la ‘misión’, al responsable del grupo, su padre,  le dieron un sobre cerrado que debía abrir en la última escala técnica que además duraba un par de horas con cena incluida. La escala se produjo en el aeropuerto Irlanda y una vez terminada la cena, reunieron a todos en una pequeña sala.

Los niños corrían para gastar tanta energía acumulada, entrando y saliendo de las pequeñas tiendas, sin prestar atención a lo que hacían sus mayores.

El padre rasgó el sobre y saco la carta que lo acompañaba. A cada uno de los participantes en la expedición, le habían asignado un nuevo nombre con sus respectivos apellidos.  El grupo no solo estaba formado por españoles, también había matrimonios mixtos ruso-español. Nadie supo quien había elegido esos nombres que a priori sonaban muy extraños y para un ruso más.

A ella le toco el nombre de Daisy, muy diferente al suyo. Sus padres, castellano parlantes, se lo pronunciaron literalmente, da-i-sy  y le dijeron que se llamaría así a partir de ese momento. Que tendría que recordarlo y bajo ningún concepto desvelar a nadie, su verdadero nombre. También le dijeron que se aprendiera  el nuevo nombre de su madre y de su padre. Todo aquello habría sido un gran disgusto para ella, si no estuviera rodeado de ese halo de misterio y suspense.

Una vez adquirida la nueva identidad se les informo que todos ellos eran emigrantes cubanos que retornaban a su país, después del triunfo de la revolución. Las mujeres rusas del grupo, lo tenían mucho peor… Solo hay que imaginar a una rusa, muy rusa, llamándose Carmen, Rosario ó Gladis… Esas mujeres que nunca supieron pronunciar dos palabras seguidas en castellano, de pronto eran cubanas…Ella seguía repitiéndose el nuevo nombre cuando el coche se detuvo. Habían llegado al hotel Rosita Hornedo.    

El lobby del hotel amueblado al estilo clásico, estaba cubierto por alfombras… Grandes sofás y en cada esquina pequeñas mesillas con lámparas de lagrimas que  reflejaban la luz en las paredes…  La comitiva se fue acoplando entre sillones y sofás.  En una esquina, justo al lado de los ascensores, la recepción del hotel y varios empleados que miraban con cara de asombro al grupo de recién llegados.

Ella ya vestida de verano no desentonaba mucho del entorno, pero la mayoría tenían puestos sus ropas invernales que además de anticuadas por la hechura, resultaban muy chocantes en ese entorno.

Pasado un buen rato, en la recepción, un señor con traje muy elegante, saca una lista y empieza a llamar por nombre y apellidos. Todos en silencio, esperaban a ser nombrados por su recién adquirida identidad. Al completarse los nombres de una familia, se le entregaban las llaves de su habitación y eran acompañados por un chico que llevaba las maletas al ascensor.

 –          María del Carmen González Rodríguez- ‘cantaba’ el  empleado de la recepción

Nadie respondió. El empleado repitió el nombre un par de veces más sin obtener respuesta. Ya quedaban pocos y estaban de pie cerca del mostrador. Nuevamente el empleado insistió pero en esta ocasión, con más volumen

 –          ¿No hay nadie que se llame María del Carmen González? –

De pronto un hombre, con su mujer al lado (rusa ella, pero muy rusa) grita…

–          si perdone, es mi hija –

Su mujer rusa tenía un bebé entre sus brazos que no podía responder al llamado y la mujer ni siquiera, entendía que decía aquel señor.

El  recepcionista miró al padre con asombro, como el que piensa ¿a quien se le puede olvidar el nombre de su hija? luego miró a la mujer con el bebé y concluyo que eran unos cubanos muy raros que ni recordaban el nombre de sus hijos, ni sabían hablar el castellano.

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