“Rebelión a bordo” (Historias del pasado I)

Esto paso hace muchos años atrás, pero es absolutamente cierto. Érase una vez una pequeña  familia…

La madre, una de las niñas de la guerra; el padre, de los que perdieron la guerra y una hija, segunda generación mezcla de lo español con el gigante europeo del este. Su mezcla no era de sangre, porque de sangre era española cien por ciento, pero si de costumbres.

Con dos trenzas que le llegaban a la espalda y ojos color azabache, siempre fue distinta a todos esos niños rubios de ojos azules. Sus padres le hablaban en español pero ella, tozuda, les respondía en ruso. Estaba en esa edad donde las diferencias no gustan, había que mimetizarse con el entorno.  

Aconteció un día que los padres recibieron un encargo. Había que ayudar a un país que estrenaba revolución y al que habían abandonado muchos de sus profesionales. La comunidad hispana era perfecta para ese pequeño país caribeño. Hablaban la misma lengua y todos ellos, estaban altamente cualificados.

Corrían los años sesenta y en España, la dictadura de Franco. Era importante que su gobierno no supiera los nombres de los que partían a ayudar a la isla y por ese motivo toda la organización se llevo en secreto. Los “niños de la guerra” siempre quisieron volver a su patria y no era plan de estar fichados.

Les toco el segundo grupo y su padre era el organizador de la expedición de  médicos e ingenieros con sus familias. Era tan secreta la operación, que no podían ni siquiera despedirse de sus amigos…

Regalaron sus pocos muebles pretextando un nuevo destino en una nueva ciudad  y una fría mañana de noviembre, se reunieron todos en los bajos de uno de los edificios donde residía parte de la colonia española.

Niños en la expedición había muchos. Desde bebés hasta niños de diez u once años. Para mantener el secretismo, sus padres les contaron que se marchaban de vacaciones.

En esa época los viajes en avión duraban muchísimas horas. Entre escalas técnicas (mínimo dos) y tiempo del vuelo, pasaban días. El vuelo transcurría con toda normalidad. Los niños se habían conocido y en ese pequeño espacio, de un avión de la época, intentaban jugar para pasar el rato. De pronto se escuchan los gritos de una gran pelea… En el estrecho pasillo del avión los niños revolcados por el suelo, discutían unos y otros lloraban… Las azafatas intentaban  separarlos.. Los gritos inconformes solo sabían que decir, Leningrado, Crimea, Paris…

Los mayores se habían olvidado ponerse de acuerdo y cada quien escogió su destino turístico. Después de mucho insistir y forcejear, consiguieron que los niños se sentaran en sus asientos. La indignación y las lágrimas no paraban.

 – Verdad que vamos a París? le preguntaba a su madre

–  No hagas caso – respondía la madre – no ves que son pequeños y sus padres no les han dicho la verdad

 Así, cada niño se convirtió en poseedor de un gran secreto.

Por fin el avión aterrizo. Habían llegado a la isla más bonita que ojos humanos habían visto. En solo día y medio pasaron del pleno invierno al sol y el verdor del caribe.

Ella nunca más se acordó de París. Quien podía pensar en esa ciudad cuando la que la recibía, parecía ser de cuento.

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