El ERE de Rajoy

Soy una de las afectadas por la reforma de Rajoy. Desde fuera se puede creer que como soy parte implicada, mi juicio será parcial. Puede. A fin de cuentas uno siente más, cuando siente en propia carne. Espero que mis argumentos  no se vean muy influidos.

En la empresa para la que trabajé 15 años, han despedido a más de 200 trabajadores. Es una multinacional del sector de la consultoría informática.  Lo curioso es que globalmente la multinacional tiene grandes beneficios pero al parecer en España estos son ‘pobres.’

 Si dirigiera la multinacional, lo primero que me preguntaría es, ¿quién es el responsable, los trabajadores,  los directivos, ambos?

Si soy honesta, algunos despedidos son razonables e incluso merecidos. En ese grupo hay personas que se han dedicado a vivir sin trabajar y sin ningún complejo, cobrando su sueldo integro mes a mes, y eso, durante años. Claro que la empresa no puede soportar ese gasto, no es una ONG. Cuántos de esos 200 están en este caso lo desconozco, pero si sé que unos cuantos. 

Hay otros que facturan en el cliente menos de lo esperado y allí es donde no estoy de acuerdo con esta reforma. ¿Por qué una empresa percibe menos beneficios? Hay muchas razones pero considero que principalmente porque la dirección de la empresa no es la correcta. ¿Qué responsabilidad tienen los comerciales cuando le ofrecen a un cliente a un trabajador por debajo de los beneficios esperados? TODA!

Los técnicos no negociamos nuestra tarifa, eso lo hace el comercial de la cuenta. Lo más curioso, al menos eso pasa en mi ‘antigua’ empresa, es que cobran beneficios por esa venta.  El técnico mal vendido no percibe ningún beneficio por ser colocado y en la mayoría de los casos ofrece su trabajo y saber, a menor coste para beneficio de otra parte de la estructura de la empresa (la responsable de la producción) que cobra por el incremento de la facturación en su cuenta.  

Como la estructura de la empresa es piramidal, el incremento de la facturación incrementa los beneficios de la directiva empresarial. ¿Cuándo se preocupan? Cuando deben rendir cuentas a sus mayores y estos han esperado ganar más y resulta que no ganan tanto.

Cuantos de los directivos que han hecho mal su trabajo han sido incluidos en el ERE? Que yo sepa uno solo y de la escala más baja de directivos.

Esta reforma permite utilizar el camino más corto y más fácil. Despedimos a los técnicos principalmente por motivos de costes, antigüedad y nivel de facturación y contratamos a técnicos jóvenes, a ser posible del paro, por un menor salario y menos beneficios sociales y aumentamos así el nivel de beneficios de la empresa.

Tal manera de mejorar, es una brevísima ilusión.  Ganaran un poco más hoy y perderán a sus clientes mañana, porque el buen trabajo, el trabajo profesional y con experiencia, tiene un precio justo.  Cuando se paga menos se pierde en profesionalidad y calidad, motivo directo de pérdida de clientes y mercado.

¿Ha cambiado su estrategia comercial la empresa? NO. ¿Ha mejorado en organización, en el seguimiento de las cuentas, en el control de la productividad etc.? NO.

Todo eso es muy costoso para personas acostumbradas a vivir sin trabajar. En realidad ellos también viven sin trabajar. No importa el tiempo que permanecen en la empresa. En realidad no sé a que se dedican, pero a sus  obligaciones y responsabilidades no!  Si lo hicieran, estarían pendientes de sus trabajadores, de sus cuentas, de sus clientes. No consentirían tener un comercial que solo sabe vender a la baja. No consentirían a un responsable que se despreocupa de la producción, de cómo mejorarla, de cómo satisfacer mejor a su cliente.

Los trabajadores por su parte están solos. Hacen lo que buenamente saben hacer y de la manera que creen que lo deben hacer, sin control ni dirección. Cuando uno de esos trabajadores acude a su superior, o al superior del superior, se da cuenta que no saben absolutamente nada de él y lo peor, que ni lo saben ni les importa. Lo único que les importa es que facture y que no de problemas… como diría uno que yo conozco, que se busque la vida…  Pero ellos sigue cobrando y no solo su sueldo, cobran incluso beneficios.

Me pregunto porque antes de despedir, no se analiza que se hace mal? ¿Por qué no se analizan los beneficios y quien los cobra? ¿Por qué no se rebajan los sueldos y complementos de los directivos de la empresa? Hay tantas cosas que hacer y que no se hacen… Rajoy y su fantástica reforma  ha puesto el mazo del despedido productivo  en la mano a cada empresario  y se ha olvidado de exigir responsabilidades a los que dirigen el proceso productivo.

¿Mejorará la empresa? ¿Mejorará el servicio? No. Lo único que mejora es el bolsillo de la directiva.  El barco se hunde  y nadie hace nada. ¿Qué harán los grandes directivos de la multinacional? Cuando ya no obtengan los beneficios esperados de esta empresa, cuando ya no les importe tener una chincheta clavada en el mapa de España, venderán los despojos y la cerraran. En esto sí que es responsable Rajoy y su reforma.   Mientras los grandes directivos se han llevado los beneficios de la empresa española todos contentos, ahora que ya no produce lo esperado… a la puñetera calle.

Señores directivos de mi antigua empresa, os quedan tres telediarios!!!

 

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Un año más.

Sigo escribiendo en este blog que pocos leen y al que poquísimos responden. Imagino que lo que cuento interesa muy poco pero los pensamientos brotan y sigo con mis historias a pesar de la soledad.

Ayer fue mi cumpleaños, muchos años, pero nunca son suficientes, quisiéramos ser eternos. Esta semana he recibido una muy mala noticia, mi madre está muy enferma, me estoy preparando para afrontarlo, pero lo paso fatal. Mi naturaleza pesimista juega en contra y a pesar de que todos los días doy gracias a Dios por un día más, las horas y los pensamientos negros lo único que consiguen es que me sienta muy mal

Tengo una gran amiga que siempre me dice que no cruce puentes que todavía no están construidos y yo me lo repito cada vez que un mal pensamiento me asalta, pero no es suficiente. Debo aprender a ser fuerte. Debo aprender a disfrutar de cada instante porque llegará el día que no tenga ni esos instantes de alegría y aquí estoy derrochándolos.

Procuraré disfrutar de este sábado y habré acumulado un día más de alegría.    

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¿A qué estás dispuesto para No perder tu trabajo?

Con este título se anuncia un nuevo programa de debate en una cadena de televisión privada.  Pregunta simple, teniendo en cuenta la situación en la que se encuentra el país, con tantos millones de parados, la respuesta parece obvia. Pero no hay nada simple cuando analizamos los intereses de las personas que nos rodean.

Mi mundo, el de mi entorno, parece otro país. Conmigo trabajan muchos jóvenes y cuando escucho sus exigencias pienso que viven en otro lugar… A pocos veo que anteponen la superación profesional, el conseguir nuevas metas y proyección ante el consabido “no hago una hora de más” Es como si su único propósito profesional fuera salir temprano y cuanto antes mejor…

No digo que compatibilizar el trabajo con la vida personal no sea licito y un derecho para todos, pero si no se esfuerzan ahora ¿Cuándo lo harán? Si no hacen nada por su carrera profesional ahora ¿para cuándo?

Siempre que hablamos de estos temas aparecen los países como Suiza, Alemania, Inglaterra y otros muchos, como ejemplo del cumplimiento estricto del horario de trabajo pero ninguno de ellos piensa en otras muchas cosas que hacen los jóvenes de esos países para salir adelante, eso no les interesa. Cuando los escucho tengo la impresión, de que lo que en verdad les gustaría es vivir sin trabajar, que esa, es su única meta y así no vamos a ninguna parte. La generación de los padres de estos jóvenes seguro que se ha partido el lomo trabajando para mantener a su familia, para que estos chicos tengan todo lo que ellos no han podido disfrutar, pero no han sabido inculcarles que todo eso se consigue a base de esfuerzo, de superación, que nada viene regalado…

Por otra parte creo que los directivos también deberían cambiar su mentalidad en cuanto a la manera de trabajar. No trabaja más, el que más horas permanece en el trabajo. 

A mi manera de ver, el problema radica en que es mucho más fácil medir las horas que la productividad. Lo lamentable es, que muchos de esos directivos, ni siquiera están capacitados para organizar correctamente el trabajo, no les preocupa el aprovechamiento de la jornada laboral, no les importa la productividad  y así nos va.  Unos que quieren trabajar lo menos posible y los otros que  solo miden las horas en las que se está en el trabajo, qué más da lo que hagas en esas horas, cuanto de productivas son, eso no importa, eso no lo mide nadie.  De esta forma de dirigir de los unos, se aprovechan otros que han encontrado un camino para vivir sin trabajar. Sacrifican muchas horas tomando café con los jefes, adulándolos y metidos en los despachos para progresar, estos últimos son los que hacen carrera, estos son los que dirigen las empresas y los primeros siendo mucho mejores trabajadores y técnicos, nunca son tenido en cuenta, no tienen la disponibilidad que sus jefes requieren Que paradoja esta!

Tenemos que cambiar esta mentalidad, la de los unos y la de los otros… nuestro país no crecerá si no compatibilizamos el mundo profesional con el familiar pero menos crecerá si los que ascienden a directivos lo hacen solo por acumulación de horas en el trabajo (que no horas trabajadas) Por algo las estadísticas dicen que nuestro país es el que más horas ‘trabaja’ y el de menor productividad.   Señores empresarios y directivos ¿para cuándo un cambio?

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¡Que difícil es trabajar! Los jefes, la organización del trabajo y un informe de seguimiento.

Siempre he pensado que no es duro trabajar, lo que es realmente duro es soportar las ‘inclemencias’ de los que te mandan.

Hace cuatro meses que me encomendaron una nueva tarea. Compleja, porque suponía un cambio drástico en los métodos y en la organización del grupo de trabajadores que está a mí cargo. Para colmo, la empresa que nos contrató, no está preparada  ni materialmente ni organizativamente para el cambio en el que se ha envuelto y en el que nos ha envuelto a nosotros.

El trabajo de mi equipo es de gran responsabilidad no solo porque supone el cambio que antes he comentado, sino también porque de salir bien, abre las puertas a nuevas colaboraciones.  La empresa para la que trabajo, al inicio de esta nueva andadura, se lo tomó muy en serio y me dijeron que contaría  con todo su apoyo por la responsabilidad y por el riesgo que entrañaba.

La realidad ha sido muy distinta. En estos cuatro meses, descontando algunas fugaces apariciones para preparar sesiones de reporting y seguimiento, mi equipo y yo, hemos estado solos.

Ni uno solo de los muchos directores que tiene mi empresa, se han personado para conocer, de primera mano, las dificultades que estábamos teniendo y en las que nos podían ayudar. Mientras que el trabajo fluía (con menor o mayor dificultad) todo eran alabanzas y poca ayuda.

Me enfrente a los lógicos problemas personales y organizativos que se dan en un equipo de veinte personas y con ayuda de mis propios compañeros fuimos intentando poner parches en uno u otro sentido a esperas de que nos ayudaran nuestros ‘mayores’. Muchos de los problemas que hemos padecido provenían de la propia dirección de nuestra empresa y otros muchos del cliente, pero seguíamos solos. O los resolvíamos o nos hundíamos y no están los tiempos para el hundimiento. En estos cuatro meses, casi todas las semanas hablaba con mi jefe directo para explicarle las dificultades que teníamos, pero solo obtenía una respuesta… tal o cual cosa  no puede ser… pero cero ayuda. La realidad es que las cosas son y no necesitaba palabras necesitaba ayuda que nunca recibí.

En lo personal fui asumiendo y asumiendo. Cuando uno está solo, corre el peligro de cometer errores obvios porque muchas veces los arboles no te permiten ver el bosque y algo sencillo visto desde fuera se te hace un mundo visto desde dentro. Para evitar estas cosas todas las empresas cuentan con una pirámide organizativa pero en la nuestra, la pirámide estaba ausente.

Llego el momento de presentar el primer informe de resultados. Unos sesudos consultores, habían preparado un formato de 50 páginas para rendir cuentas. Esas 50 páginas están plagadas de números a justificar al estilo de los tradicionales cuadros de mando.

Después de tres días preparando el informe, me di cuenta que a pesar de toda la información que fuimos reuniendo para justificar nuestro trabajo, no era suficiente. Me di cuenta que había ‘perdido’ mi tiempo en temas de organización del equipo y había descuidado el dichoso informe de resultados. ¿Y qué es el trabajo sin un buen informe? Nada. El trabajo no existe.

Confiada en la organización de mi empresa pensé erróneamente que al menos en ese momento tendría  ayuda. La ayuda no llego y me enfrente al tribunal del cliente como el que se enfrenta al pelotón de fusilamiento. 

Mi estado de ánimo no me acompañaba porque antes de empezar la ‘guerra’ ya había perdido. Soporte estoicamente todas las criticas. He de reconocer que fueron mucho menores que las que yo, ya me había hecho a mí misma.  Solo quería que esa reunión se terminara porque estaba convencida que finalmente mis responsables se darían cuenta que necesitaba ayuda y que me la darían. Cuanta equivocación junta!  Salí de la reunión apaleada y desmoralizada.

¿Y qué hicieron mis responsables? Se marcharon sin más.  Ni una sola palabra de aliento, ni un  ¿Que hacemos ahora…?nada, solo silencio.

Como un perro apaleado en busca de cariño, llame a mis responsables. ¿Por donde continuar, como seguir, como repetir ese informe del que todos esperaban tanto y que estaba tan mal hecho?

Desde fuera es fácil criticar y mucho más fácil es, decir a los demás que tienen que hacer sobre todo, si no se atiende a las dificultades que se tienen para hacerlo. Mis responsables hablaron y hablaron pero solo eran palabras, de hacer nadie decía nada y según pasaban las horas yo me encontraba más sola y más hundida.

Al día siguiente,  me enfrente a la corrección del informe, que más que informe, era el pico del Éverest, prácticamente inexpugnable. Mis suplicas en busca de  ayuda, surtieron efecto y recibí  la colaboración de un ayudante. No había trabajado con nosotros y por tanto no conocía la problemática de nuestro quehacer, pero si conocía las tripas de lo que se perseguía con esas 50 páginas.

Me habían dado dos días para rehacerlo y arranque la mañana con ganas de convertir el revés en victoria… Otra vez me equivoque. Esos dos días de plazo, no fueron para mejorar el informe, me tenía que ocupar de otras muchas cosas que también eran prioritarias y que no podían esperar.  Desgraciadamente 50 páginas son muy fáciles de criticar pero difíciles de hacer. En opinión de los que mandan, dos días eran más que suficientes para todo lo que tenía pendiente y para rehacer el informe… y si no eran suficientes, era solo un problema mío y de mi incapacidad.

Mi ayudante hizo lo que pudo, mientras yo me dedicaba a mil otros asuntos que me exigía el cliente.  Cuando faltaban 3 horas para que se cumpliera el plazo de entrega, llame nuevamente a mis responsables para decir que no podría entregar el informe a tiempo. Solo recibí como respuesta un único comentario… haz lo que quieras pero lo entregas! Que fáciles resultan esas palabras para los demás.

Me quede hasta las 12 de la noche, sola, trabajando y finalmente entregue el informe corregido.    No estaba contenta. Sabía que le faltaba mucho por corregir pero ya no podía exprimirme más la cabeza.  Lo mandé, cerré el ordenador y me marche.

 A la mañana siguiente recibí un correo de mis responsables, largo, muy largo, lleno de críticas. No había ni una sola frase de aliento y si muchas de desprecio al trabajo hecho. Con que facilidad criticamos el trabajo y los errores de los demás.

Ese segundo informe, nuevamente criticado, era el que tenía que revisar con el cliente esa mañana. Estaba perdida. Llamé para concertar la reunión y justo una hora antes de que empezáramos, por fin, se presentó mi jefe.

Como perro apaleado me fui a la reunión con el cliente. Mi jefe encabezaba la ‘expedición’ envestido  de cetro y corona del que  todo lo sabe.

Las varias horas de reunión, curiosamente, transcurrieron de forma apacible. Que distinto es el talante del cliente frente a mi jefe, que curioso resulta. Yo que trabajo allí todos los días me llevo todos los palos, mis jefes, las buenas formas y la comprensión. Imagino que el cliente pensará… pobre, ya tiene suficiente con el inepto que ha puesto a trabajar aquí, hay que entenderlo. Cuanta comprensión para unos y cuan poca para otros, pero en realidad los que trabajamos somos los otros, pero eso no importa.

Participe poco en la reunión, ya participaba mi jefe… pero lo poco que hablé, permitió que pasáramos de un incumplimiento a la justificación de que el trabajo, no solo había sido bueno, sino era superior al que se esperaba.

Con todos los acuerdos y todas las notas, nos quedamos, esta vez  los tres, mi jefe, el ayudante y yo, a corregir nuevamente el informe. Nos dieron  las 10 de la noche pasadas, cuando terminamos.

Me disponía a enviarlo al cliente cuando mi jefe me dice, solo me pones a mí en copia, ya me encargaré yo de distribuirlo a nuestros directores.

Entonces una ‘mala idea’ cruzo mi mente…. Mi jefe quería enviar el informe a nuestros directores por muchas razones, pero fundamentalmente para demostrar que su participación había sido vital en la obtención de esta tercera corrección que además mostraba unos resultados más que satisfactorios.

No negaré que la ayuda de mi jefe no fuera bienvenida, pero mi jefe no estuvo solo en la corrección del informe, ni mucho menos era el artífice de los buenos resultados.

Ahora que relato estos acontecimientos me sigo sintiendo sola y menospreciada. El lunes me enfrentaré al gran jurado del cliente y a pesar de que encontrarán errores nuevamente porque siempre algo tienen que decir, superaremos la prueba. Un nuevo éxito para la dirección de mi empresa y un culpable de tanto error, yo.

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Mi amiga del alma

Era el mejor verano… el más largo, el más divertido, lo más. Terminada la enseñanza media, pasaba al preuniversitario y tenía muchos meses de verano por delante.

Como todos en esa época, tenía mi pandilla… mi novio, el gran amigo de mi novio (me gustaba mucho más pero nunca me hizo caso en el terreno sentimental) los dos hermanos recién llegado del amigo y otros muchos. 

Nuestra diversión era por la mañana la playa, por la noche alguna fiesta y los domingos por la tarde al cine. Era un ritual que se repetía sin aburrimiento cada fin de semana escolar y prácticamente a diario los meses de verano.

María y yo, nos hicimos grandes amigas. Desde el primer día fue para mí la hermana que nunca tuve. Nos complementábamos en todo y pasábamos mucho tiempo juntas. Su casa se convirtió en mi casa.

Entramos al bachillerato juntas, pero ella en un cuso superior. No obstante nos arreglábamos para seguir juntas. Estando con ella, conocí al gran amor que toda chica tiene a esa edad y ella al que más tarde se convirtió en su primer marido.

María, al terminar el bachillerato fue “reclutada” por el ministerio del interior, a fin de cuentas era hija de militar que ostentaba un alto cargo en el partido gobernante.

Cuando alguien es reclutado por el ministerio del interior, convierte su vida en un misterio. Se terminan las confidencias y hay temas de los que no se puede hablar ni se puede conocer. Pero esto no fue obstáculo para que siguiéramos siendo grandes amigas. Yo sabía lo que no podía preguntar.

Así las cosas fueron pasando los años. Ella se caso y tuvo dos hijas, yo me case y tuve a mi hijo. La vida nos separó pero en mi corazón ella seguía siendo mi hermana.   Es curioso porque nunca nos vimos cuando nuestros niños eran pequeños y mientras viví en Cuba.  Los compromisos  y la vida en general de cada una, nos distanciaron. Paso el tiempo yo ya no vivía en la isla, y regresé. Mi primer recuerdo, casi la primera llamada siempre fue para ella.

Solo nos veíamos una vez. La llamaba iba a su casa y compartía una tarde con su familia pero poco más. Sabía que no podía pedir más porque yo no solo era extranjera, vivía fuera de la isla y suponía que eso podía ser un problema para ella. A pesar de todo, cuando nos reencontrábamos, parecía que el tiempo no había pasado.   Nos contábamos de los niños, de sus progresos en los estudios, yo le enseñaba fotos de mi hijo y le contaba cosas de mí. Ella me contaba de sus hijas a las que ya conocí mayores y de que todo estaba bien, sin entrar en detalles.

 Me conformaba con esa breve visita y sabía que no podía pedir mucho más. Ella seguía trabajando en el Ministerio.

Regresé este año a la isla (habían pasado diez años desde mi última visita) y como siempre, como antes, llame a su casa. Esa primera llamada siempre está llena de incertidumbre… ¿estará bien la familia? ¿Su mamá que es mayor? ¿Sus hermanos? ¿Qué habrá sido de ella, sigue casada? ¿Y las niñas que ya son mayores? Descuelgan el teléfono…

… Diga…

-  ¿sabe quién soy? -

-   Pero muchacha… que alegría escucharte- La voz dulce de la madre y parece que el tiempo no ha pasado…

Me cuenta que todos están bien, que María está trabajando pero que le dará mi recado en cuanto llegue a casa… Me despido con la esperanza de que esa misma tarde hablaré con mi amiga y que cuando ella me diga, nos veremos. Tengo muchas ganas de abrazarla a ella, a sus hermanos, a todos.

Pasa el primer día sin noticias. Es mi primer día en La Habana y el no parar me deja poco tiempo para la preocupación, me digo, habrá llegado tarde y no se habrá animado a llamarme a esa hora. Pasan tres días más y nada. Vuelvo a llamar a la madre y en esa ocasión noto la desazón del que no quiere o no puede explicarse.  Me cuenta que María trabaja mucho y que no ha podido hablar con ella para decirle de mi llegada… ¿Quién se puede creer semejante excusa?     Y comprendo que ya no hay nada que hacer, por algún motivo que desconozco, mi amiga María, mi amiga del alma, no quiere o no puede hablar conmigo y no insisto. Me siento triste, me siento frustrada, no comprendo…

Pasan los días y nos vamos un grupo, a ver a los Kent en directo… cuantos recuerdos…

Estando en la pista se me acerca un señor que no reconozco y me pide que baile con él… No tengo muchas ganas pero el hombre insiste. Por fin lo miro, lo reconozco… es el hermano mayor de María, nos abrazamos dejando a mis amigas estupefactas ¿Quién es ese hombre del que ellas no saben nada? Les explico y nos marchamos a un rincón para poder hablar con tranquilidad. Nos besamos, nos tocamos, nos reconocemos… han pasado tantos años… Le pregunto por María.

- Ella no te llamará, ¡no quiere! –  Me cuenta él con tristeza.

- Ha cambiado mucho. Esta muy bien pero ocupa un muy alto puesto en el gobierno y ya sabes… -

La música y el ruido no nos dejan hablar con tranquilidad y quedamos en vernos otro día, en otro lugar.

- Ya te contaré con calma lo que pasa, no te preocupes. –

- ¿Estás seguro que no te perjudica hablar conmigo?- la paranoia de las prohibiciones comunistas  

- No me importa nada de eso, yo hablo contigo y punto –

- ¿Estás seguro? Mira que no quiero que tengas problemas por mi culpa y tu familia tampoco…

- Que no te preocupes, ya hablaremos-

Nos despedimos cariñosamente pero algo por dentro me dice que no nos volveremos a ver… es un presentimiento que no me abandona.

Pasan los días y no recibo la esperada llamada. Me digo, se lo ha pensado mejor o alguien le ha hecho ver lo poco recomendable que le puede resultar la entrevista con una “extranjera” como yo.  

Llegan los días de las despedidas y visito la casa de un amigo común. A pesar de haberlo pasado tan bien en la isla, un regusto amargo queda flotando. Le cuento lo que me ha pasado y se sonríe…

- No me extraña nada – me responde

- ¿Pero sabes quién es ella ahora? –

-  No tengo idea –

Menciona un alto cargo, altísimo diría yo, que no soy capaz de recordar.

- Pero sabes lo mejor de todo? Me sigue contando mi amigo..

-  Su hija mayor está casada con un español y vive en España, su otra hija pasa mucho tiempo allí también, casualmente ahora están las dos en Madrid… -

-  ¿En Madrid? Pregunto asombrada –entonces por qué no ha querido verme? –

-  No le interesa tu amistad

-  ¿Pero qué diferencia hay? Ella me conoce, sabe como pienso y como actúo…

-  No insistas, no le interesas… puede que no quiera dar explicaciones. Una cosa es el marido de su hija y otra muy distinta eres tu

-  Pero si éramos grandes amigas, nos conocemos de jovencitas, ella conoce a mi familia… siempre hemos estado juntas…

Mi amigo no tiene explicaciones para mí… Me marcho de su casa con las preguntas taladrándome la cabeza… ¿por qué?

La doble moral… esa que habita en la isla, esa que lo empaña todo. Mi hija puede estar casada con un español pero yo no tengo contactos con los españoles. Como, vivo y disfruto de mi familiar español y de las prebendas que eso puede darme,  pero no tengo contacto con los españoles. El marido de mi hija es un español, pero distinto. Yo soy distinta, mi hija es distinta… somos inmunes al capital y a las influencias capitalistas… somos superiores, somos comunistas.

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La Habana enrejada.

He estado lejos de mi blog. Unos días de vacaciones primero y el retorno a la cruda realidad del trabajo, me alejaron.

El verano no es para escribir, mejor es disfrutarlo y en esta ocasión lo he podido hacer. Después de diez  años, alejada de mi isla bonita, pude regresar.   Puede parecer una vida de lejanías, pero yo regresaba a mi ‘casa’ y de una primera impresión, parecía que nada había cambiado.

Estaban mis amigos, familia allí no tengo, estaban las calles, las casas, los olores, los colores hasta la suciedad de las paredes, todo seguía en su sitio como en  el tiempo detenido… pero era una falsa impresión.

Mis amigos, en su gran mayoría, eran turistas accidentales en su propia tierra, como yo. Mi casa ya no era mi casa. Las calles no eran las calles de La Habana que caminé, algunas remodeladas por nuevos edificios y otras bombardeadas por el tiempo y la falta de mantenimiento.  Los olores y colores también eran diferentes.    

En realidad la ciudad no ha cambiado mucho, la que ha cambiado mucho soy yo. Por primera vez después de veinticinco años, me sentí extranjera en un país que siempre he considerado mío.  Las gentes, la manera de hablar, hasta los chistes me resultaban extraños.

Mi viaje tenía varios propósitos pero el fundamental siempre fue el del reencuentro con mis recuerdos. Armada de mi cámara de fotos pretendía fotografiar mis recuerdos, pero ellos solo viven en mi cabeza.  No logré encontrar ni una sola de las imágenes que guardaba.  Con muchísima ilusión fui a visitar el apartamento donde nació mi hijo. Cual no fue mi sorpresa que no pude entrar ni al recibidor del edificio, ahora está enjaulado, rodeado por  una gran cerca desde la acera. Eso mismo pasó con el segundo apartamento…  Me parecía extraño, desconocido…     En la acera donde jugó mi hijo, ningún niño, solo una gran cerca verde y muchos agujeros en la calle envueltos en un gran silencio. Grande y extraño.  Me invadió una extraña sensación de soledad y temor. Cuán lejos estamos los unos de los otros separados por una cerca.  Aquella ya no era ‘mi casa’ ni mis recuerdos.

Pasé por todas las calles que me traían recuerdos de ti. Te busque en cada rincón que un día caminamos juntos, pero como tú, no eran reales. Nada era igual. El tiempo lo ha borrado todo.

Y ahora que me siento a escribir, tengo la impresión que nada de lo nuestro ha ocurrido, que todo ha sido producto de mi imaginación.  El tiempo deshizo nuestro amor y los recuerdos que lo envolvieron. En mi interior siempre supe que no te vería más, así como sé ahora, que tampoco existe la ciudad que me vio quererte.   Mis últimas fotos están hechas en el portal de tu casa, que por suerte no está enrejada. Me asomé desde la acera a la ventana de tu cuarto, que su nuevo inquilino tenía abierta de par en par. Que distintas esas ventanas… recordé la penumbra de tu habitación, tu cama, la mesita de noche y sobre todo tú y supe que ya no estabas, era imposible recordarte con el sol entrando por esas ventanas.

Cuando al avión que me traía de regreso emprendió el vuelo, me despedí de ti, de mis recuerdos y de mi isla.   Si alguna vez regreso, ya sabré que ni siquiera mis sueños habitan en esa isla bonita, bonita y ahora extrañamente enrejada.

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Los Zares modernos.

(Imagen: http://www.tusquetseditores.com/ ;  http://www.russiangold.com.ar )

Las cosas que tiene la vida…  Conozco a  un conocido-desconocido que vive en Miami y que me recomendó los libros del escritor cubano Leonardo Padura… Me dijo que escribía novelas policiacas.

No sin cierto escepticismo, no me encaja un cubano escribiendo cuentos policiacos, lo busque en la página de descargas de  mi e-book. Para mi sorpresa, estaba la colección completa de policiacos y algún libro más. Me los descargue y comencé a leer el primero, ‘Pasado Perfecto’.

Fue una grata sorpresa, porque no solo escribía bien, es que además escribía de un tiempo que habíamos compartido y que me era familiar en todos y cada uno de los detalles.  La crítica de los lectores, que figuraba en la página de descargas, era favorable y a ella me uní yo con mis cortos comentarios.

Cuando finalizaba el cuarto, el que más me ha gustado (Paisaje de Otoño), encontré una referencia a un libro diferente, ‘El hombre que amaba a los perros’. Busque la sinopsis y nuevamente me sorprendió; un cubano escribiendo sobre la vida de Trotsky y de su asesino.

La experiencia vital suele ser curiosa… por circunstancias, yo conocí al viejo Ramón Mercader, lo conocí cuando su vida se estaba apagando pero una vez que supe quien era (me lo contó mi madre) me fijé más en el. Por primera y única vez (que yo sepa) tenía a un asesino delante de mí.  Aquel viejito (grandote pero machacado por la enfermedad porque se le notaba) había sido en su día un verdugo despiadado…

Nunca cruce ni una sola palabra con él más que un saludo cortes, pero sus ojos me hacían soñar, pensar y razonar… Sus ojos eran cansados, diría que tristes, indicaban estar de vuelta de todo.    Siempre me dio la impresión de que padecía además de una gran soledad, pero ya aclaro que todo esto era producto de mi juvenil imaginación porque a ciencia cierta nunca lo supe. Era curioso para mi compartir un espació con alguien que formaba parte de la historia.

Conocí a su hijo, a ese que también menciona Padura en su novela, y que decía llamarse Arturo. Su sueño era ser capitán de Marina Mercante y para mí era el prototipo de un espía joven, criado en la antigua Unión Soviética y del que poco o casi nada se podía saber…  Un día desapareció y nunca más supe de él, pero me quede con el recuerdo de un joven guapísimo, que hablaba un castellano perfecto y que estaba convencida que también hablaba con la misma perfección el ruso, porque era un chico de la KGB…  

Recuerdo a esos dos galgos rusos, preciosos y raros que habían trabajado en una película que nunca vi, ni de la que siquiera supe el titulo… Solían pasearlos por la quinta  avenida y eran la admiración de todo el que pasaba y los veía. Un día se lo conté a mi madre y me dijo que eran los perros preferidos de los Zares y recuerdo que pensé que su dueño sería un Zar moderno, pero Zar al fin, para tener, en Cuba, unos perros como esos.  

Han pasado muchos años desde aquello y ahora que estoy leyendo el libro de Padura, he recordado algunos episodios de mi juventud. Obviando que los personajes, unos conocidos y otros históricos, están bien descritos, me llama la atención que ese libro se publicara en Cuba.  La historia que narra es tan parecida a cosas que he vivido, que cualquiera con un poco de sentido crítico, podría llegar a la convicción que en Cuba no se ha inventado nada… que no hay ley, medida, ni actitud política que nos sea copia fiel de las implantadas por el antecesor y criminal Stalin. Las semejanzas son tantas, que no ha lugar a la casualidad.

Leer el libro de Padura es mucho más que leer una novela histórica. Es comprender que ha pasado, por qué ha pasado y que está por venir.    Y siempre que hago un recuento mental de los acontecimientos narrados, doy gracias porque el clima de Cuba nada tenga que ver con el clima de Siberia, solo ese particular geográfico, por mencionar alguno, ha evitado innumerables muertes.

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La Revolución que se convirtió en Involución

(Imagen tomada de Internet)

Hace algún tiempo ando dándole vueltas a dos palabras (revolución y contrarevolución) y creo que según donde, han ido perdiendo su significado. El diccionario de la RAE define la palabra Revolución como:

(Del lat. revolutĭo, -ōnis).
1. Acción y efecto de revolver o revolverse.
2. Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación.
3. Inquietud, alboroto, sedición.
4. Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.

 

Así mismo se define también como revolucionario/ria:

1. Perteneciente o relativo a la revolución.
2. Partidario de la revolución. U. m. c. s.
3. Alborotador, turbulento. U. t. c. s.

 

Conozco un pequeño país en el que la palabra revolucionario significa pertenecer al grupo que sigue con fidelidad, el pensamiento dogmatico de un dictador y su camarilla.   Si bien es cierto que hace más de cincuenta años se produjo un cambio tal y como se describe en el apartado segundo de la palabra revolución, en el presente los cambios han quedado en el camino y la acción semeja más a un encefalograma plano. No obstante, los que en su día se apoderaron de ese concepto no lo sueltan y a todo el que esté en desacuerdo con esa línea plana de actuación, lo califican de contrarevolucionario.

Pero lo que me da vueltas en la cabeza es ¿Qué revolución? ¿Hasta cuando dura esa revolución? Han pasado demasiados años y ni siquiera han evolucionado en el concepto ni en el nombre. Es como si el tiempo se detuviera en ese año 1959. Por poner un símil, es como si en España, en la época actual, siguiéramos viviendo y conviviendo con las palabras nacionales y republicanos…  

No sería más apropiado llamar a esos que se definen partidarios de la revolución como partidarios de la involución?

 (Del lat. involutĭo, -ōnis, acción de envolver).
1. Acción y efecto de involucionar.
2. Detención y retroceso de una evolución biológica, política, cultural, económica, etc.

 

Si analizamos los acontecimientos del día a día de ese pequeño país, deberíamos aplicar el concepto de revolucionarios a los que hoy luchan por conseguir los cambios que en esencia se resumen a un concepto de mucho más valor; DEMOCRACIA. Me duele constatar que esos luchadores, con cierta resignación, permiten que otros le arrebaten su titulo y se autodefinen contrarevolucionarios.  

Si el pequeño país, al que aludo, hubiera seguido evolucionando, las palabras revolución y contrarevolución, hace años, deberían ser historia.

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Muñeco de nieve

( Imagen: http://www.sxc.hu/photo/1321257 )

Cuando era pequeña me encantaba hacer muñecos de nieve. Si te levantabas temprano, después de una gran nevada, salías al patio, el manto blanco estaba impoluto, entonces era una gozada hacer el muñeco.

Empezabas por moldear una pequeña bola entre las manos, apretada, para que sirviera de guía y luego la ponías a rodar por la blanca nieve para que fuera creciendo. Mientras tu bola crecía dejabas surcos en la nieve cada vez más grandes por los que ya no podías pasar otra vez.

Una inmensa pelota para la parte del cuerpo, una más pequeña, pero todo lo grande que tus brazos fueran capaces de aupar, para colocarla encima de la otra. Luego los ojos, la boca y la nariz y finalmente una bufanda que casi siempre traía para el adorno final.  El muñeco quedaba perfecto, grande, blanco y sonriente.

Cuando te tocaba marchar, porque tus padres te esperaban, daba tristeza separarse de ese nuevo amigo sonriente. Al pasar los días, su blanca tez se volvía gris, partes de su redondeado cuerpo se habían perdido y de su sonrisa quedaba poco.

Así es la vida… Nacemos perfectos inmaculados y el paso del tiempo nos va transformando. Nuestro cuerpo pierde su elasticidad y tiende a la caída inexorablemente. La sonrisa  se relaja en las comisuras, pareciéndose cada vez más a la tristeza.  Pero los deterioros  exteriores no son nada comparados con las heridas del alma. Las despedidas, las mentiras, sinsabores y extraños acontecimientos, siembran en el corazón el hábito de la tristeza y la desesperanza.

Cuando todo esto ocurre, uno recuerda los muchos días desperdiciados, las cosas no hechas, las heridas infringidas sin querer pero que nunca fueron disculpadas… y lamenta el tiempo desperdiciado. Lo malo es que ya no hay vuelta atrás, lo pasado, pasado está.

Deberíamos nacer justo al revés. Nacer con los años que nos ha tocado vivir y en vez de cumplir años, descontarlos. Deberíamos llegar a la edad de la ‘inocencia’ con todo sabido. Alguien me dirá que entonces no será la edad de la inocencia, pero yo creo que sí. Ser inocente desde el conocimiento, también es posible.  

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¿De donde eres?

En un programa que  vi por Internet, entrevistaban a una chica cubana que se había criado en España, concretamente en Madrid y decía que uno es, de donde estudió el Bachillerato y creo que tiene toda la razón.

Esta, nacida cubana, se sentía Madrileña de pura cepa, porque todas sus vivencias esenciales correspondían a la ciudad que la acogió de pequeña. Yo comparto su sentimientos pero justo a la inversa. No es que naciera en Madrid pero si nací en el ceno de una familia española que lo único que deseó siempre, fue regresar a su tierra. En cambio yo, siempre quise seguir viviendo en la tierra de mi juventud.

En mi casa y con mis padres que mandaban mucho en la época en la que era joven, solo había un plan; regresar. Las maletas siempre estuvieron presentes en los mejores acontecimientos.

Para que hacer tal o cual cosa, si al final nos marcharemos para España?  No había plan, ni proyecto vital, que no estuviera ‘minado’ por el regreso y aderezado por unas maletas… Todo era efímero y transitorio.   Así viví una parte esencial de mi existencia y así aprendí a no hacer planes para el futuro, porque esos eran siempre inciertos. A fin de cuenta tenía que regresar a un país en el que no había vivido nunca y que tampoco conocía pero al que tenía que ‘volver’.

Cuando mi hijo cumplió los 6 años tomé una gran decisión por dos motivos importantes. El primero fue, que no quería que viviera en un país carente de las más elementales libertades (pensar por uno mismo,  elegir por uno mismo, labrarse un futuro por si mismo…) y el segundo, pero no menos importante, fue que no viviría anclado a unas maletas que condicionaran todo lo que tuviera o quisiera hacer. Y ‘regrese’.

En realidad no regresaba. Llegaba a un país desconocido lleno de personas desconocidas en el que por no tener, ni familia tenía. Empecé de cero. Limpie mi cabeza de ideas implantadas. Tenía que aprender a valerme por mi misma y nadie ni nada me dirían como tenía que hacerlo.

Reconozco que fue duro. Quien piense que emigrar es algo placentero está equivocado. Atrás dejas tus vivencias, tus amigos, hasta tu forma de pensar, para encontrarte con un mundo lleno de posibilidades y con una soledad, que en esos primeros momentos, duele hasta taladrarte el alma.

Tenía que buscar trabajo pero ni idea de cómo hacerlo. Ni siquiera sabía que en los dominicales aparecían miles de ofertas de empleo cada semana, hasta que un alma caritativa me lo explico. Por no saber no sabía ni abrirme una cuenta en un banco, ni utilizar un cajero automático, ni ninguna de las cosas elementales que hoy parecen insertadas en nuestro ADN.

Como costaba despojarse de lo que te habían inculcado por años. La idea del individualismo, el saber hablar de uno mismo, el hacer meritorio el trabajo individual ¿Cómo hacer eso si siempre te habían inculcado que uno solo vale como colectivo? La autocrítica, como valor preponderante, lastraba cualquier propósito de demostración de uno mismo.  

Mi suerte, la suerte del que a pesar de todo, es capaz de pensar y luchar por un propósito o idea, fue que logré superar todos mis miedos y enfrente la nueva vida. Además tenía un gran motor, mi gran causa… Mi hijo.

Ahora cuando todo está asentado, pienso en esos primeros años con cierta nostalgia porque ahora tengo tiempo para hacerme otras preguntas ¿Quién soy? ¿De dónde soy? En aquellos primeros años no tenía tiempo, no me podía dar ese lujo. Y llegados a este punto sigo pensando que efectivamente soy de aquel pequeño país que tira de mis entrañas. Soy de aquel país que me dio los mejor años de mi vida. Soy del país en el que fui tan feliz.

Siempre seré una inmigrante y lo único bueno que he sacado de todo esto es que por fin se ha roto la cadena de los emigrantes en mi familia, mi hijo es español. Pero no solo porque lo dicen sus papeles, es español de corazón, de sentimientos y de Bachillerato.

 

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